Voces de la psicosis.
El deseo nos llega desde el Otro, nos enseña Lacan, y el goce está del lado de la cosa. El deseo, en tanto función del sujeto, se establece en la medida en que el objeto a es situado como tal en el campo del Otro. Sin el pasaje por ese objeto no hay desenlace posible para el enigma del deseo.
La psicosis nos coloca en la encrucijada de reconocer una estructura que se distingue, precisamente, por identificar el goce en el lugar del Otro.
ANGUSTIA DEL OTRO.
El objeto a, insistimos, agujerea la relación del sujeto y el Otro. Y lo hace a nivel del cuerpo. Sus especies son identificables como fragmentos del cuerpo; añicos que, en la medida de ex-sistirle, constituyen la condición, el núcleo abordable del goce.
Justamente a partir de ese lugar de ex-sistencia, el afecto de angustia adquiere su función de señal. La angustia señaliza la embestida de lo real sobre la imagen del cuerpo; de ese modo advierte al sujeto de que el goce podría dejar de serle opaco.
El neurótico, al confrontarse con el deseo del Otro, elude la angustia rebajando su deseo a la demanda. El perverso petrifica su propia angustia; pretende que su división subjetiva le sea totalmente devuelta desde el Otro.
¿Cómo situar la angustia en la psicosis ? ¿Qué lugar corresponde a ese afecto, que a nivel de la castración representa al Otro, en relación a un sujeto que está seguro de la cosa ? El drama subjetivo en la psicosis se juega en relación a la angustia del Otro.
En la psicosis, algo se halla cercenado para el sujeto; en consecuencia, no podremos re encontrarlo en su historia. Errático, como una puntuación sin su correspondiente texto, el mensaje irrumpe en lo real en forma de alucinación. Esa proximidad de lo real sin duda despertará la angustia, pero no la del sujeto sino la de quienes estamos a su lado. El desamparo de aquél que se ofrece como soporte para que el Otro goce, sacude el fantasma de nuestra propia realidad.
El psicótico no se sostiene en el lugar del Otro mediante el objeto a. Lleva, al decir de Lacan, la causa en su bolsillo; goza así de la libertad de tenerlo su disposición.
LO VERDADERO Y LO REAL.
Hay algo que un sujeto nunca podrá saber; todo sujeto se instituye precisamente en la medida de una falta en el saber. El orden de la verdad queda siempre designado a medias en su decir. Ficción de la verdad, sólo se refleja por sus ecos; ecos que resuenan y cobran forma contra el muro que constituye la castración.
Al psicótico no lo aqueja, a diferencia del padecimiento neurótico, el retorno de una verdad como falla en el saber. Un nudo fuera de su alcance encierra sobre él un saber absoluto. ¿De qué nos habla ? De una voz que se dirige a él. La voz del Otro lo interpela, lo injuria. Esa voz, que a todos nos habita, se vuelve en él un objeto parasitario, extranjero.
La voz, en su condición de objeto esencial, resuena en un vacío. Ese vacío es el vacío del Otro y, en tanto tal, se corresponde con su falta de garantía. En consecuencia, la voz responde a lo que se dice, pero no puede responder de eso que se dice.
Las voz en la psicosis, en cambio, da cuenta de una certeza: la certidumbre de que la cosa sabe. En la psicosis todo está en sus voces; el psicótico cree allí .Y no solamente cree allí, sino que a esas voces les cree. Ellas constituyen su reclamo de más verdad; apuntan inexorables a una identidad con esa verdad.
En la psicosis, la voz pierde su función de anudar el decir a la palabra. Queda reducida a sus desechos: “hojas muertas” que pierden su alteridad respecto de aquello que se dice. ¿De dónde provienen tales voces? Necesariamente del propio sujeto; su presencia se vuelve irrecusable debido a la marca que acuña en ellas el significante. Portadoras de la primera y también de la última palabra, retornan bajo la forma del insulto. Las voces de la psicosis no pueden no ser.
FUERA DE DISCURSO.
El objeto a consigue fabricar el discurso de la renuncia al goce, al cosquillear la cosa desde su interior. Ese discurso se ordena entonces de modo tal que funda un lazo social; en otras palabras: un discurso se funda en la medida que excluye lo que el lenguaje entraña de imposible. El psicótico, por su parte, consigue entrar en la ciudad del discurso valiéndose de esa imposibilidad como una suerte de caballo de Troya.
Aproximarse a la psicosis es acudir al encuentro de quien sostiene su existencia fuera del lazo social; vale decir, sin el apoyo que el discurso constituye. Campo fuera-de-discurso propio de la psicosis, que nuestro propio embarazo denuncia.