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"Los inhaladores" Las adicciones en niños de 8 a 12 años

Por Alejandro ARIEL

Las adicciones van extendiéndose en nuestro país y en nuestro mundo; entonces tener la voluntad de existir, en algo tan difícil creo que hace probablemente a las ganas de estar aquí, entre otros.

Es este un tema que tiene características bastante extrañas, se trata de las adicciones en niñitos de 8 a 12 años. Adicciones a sustancias como pegamentos, por eso el título: "Los inhaladores". ¿Esto qué quiere decir? Las respuestas son muy difíciles y probablemente lo sean cada vez más.

Hay una pregunta que seguramente nos hemos hecho más de una vez. Atender a un paciente, ¿da miedo? ¿Les ha dado miedo? ¿Me ha dado miedo?

A mí, muchas veces. ¿Atenderían ustedes a un asesino? Esta es una difícil pregunta, que ofrece una encrucijada entre la cura, el Estado y la justicia.

No es en este espacio que la vamos a abordar. Pero la he formulado para acompañar a una pregunta que parece más sencilla, pero no lo es. ¿Atenderían ustedes a un pequeño de 10 años adicto a los inhalantes que juega diariamente con su propio suicidio, aun sin saberlo?

Esta no menos difícil pregunta, que sin embargo parece más fácil, alude a algo que permite a veces, contestar las dos preguntas y que es la valentía personal de quien dirige la cura.

La valentía personal permite contestar estas preguntas, pero NO, soportar el tiempo y los esfuerzos que estos pacientes requieren.

Probablemente hoy les hable de mi propio camino a lo largo de estos veinte años de trabajo. Creo que con el correr del tiempo me doy cuenta de que sólo se puede hablar de eso.

Ninguna valentía dura el suficiente tiempo. Cuando digo el suficiente tiempo me refiero al tiempo que se precisa para llevar adelante esas curas tan complejas.

La valentía personal siempre desfallece.

La valentía de cualquiera se desmorona, y ustedes lo sabrán, igual que yo, por haberlo transitado. Se desmorona con el correr de los meses y con las enormes dificultades del camino.

Creo que la valentía necesita además, de una condición hay un término que usaba mi abuela y mi hijo también: la valentía necesita, además, de la fortaleza de espíritu.

1997: un psicoanalista les habla de la fortaleza de espíritu.

Esa fortaleza es lo que nos permite volver a comenzar cada vez. Pensando en las vicisitudes de mi propio recorrido, puedo decirles que la fortaleza de espíritu, no es jamás, el producto de un impulso, por más ético que sea el impulso. Los impulsos son una forma de debilidad que enmascara su impotencia en la precipitación.

La fortaleza de espíritu es una posibilidad de no ceder a las inclemencias humanas e inhumanas, que pesan sobre el hombre. Inclemencias frente a sí mismo, inclemencias frente al otro, inclemencias frente al grupo. Por eso no espera demasiado del éxito, ni desespera demasiado en el fracaso. Es un término que indica una posición. Esa que huye del temor, es decir, huye de la postergación. Esa que huye de la temeridad, es decir, huye de la precipitación.

Una posición subjetiva que no posterga, ni se precipita es aquella que no es obsesiva ni es histérica. Es simplemente, el férreo deseo, de seguir intentándolo. Vamos a retomar el punto al final.

Formularemos dos preguntas más.

La primera es: ¿hay niños que consumen? La segunda es: ¿hay niños adictos a las drogas?

Verán que separo consumo y adicción. En general los separo, pero si hay alguna pertinencia en separar estos dos términos es con los niños. Espero hacérselos palpar de modo evidente en este escrito.

La primera: Sí, hay niños que consumen y esto ofrece una clara y dolorosa respuesta de constatación estadística, de fenómeno, de hecho. Sí, hay niños que consumen.

En su mayoría son niños de entre 8 y 12 años, que consumen preferentemente inhalantes, para decirlo de algún modo, de "la familia" de los pegamentos.

Y hay algo notable en Argentina y en España, que son los dos lugares donde pude acceder a cierta información, ellos consumen inhalantes hasta los 12 ó 13 años, ahí paran y acceden a otras drogas.

A los doce años ellos empiezan a saber del riesgo de muerte que corren. Aspirar Poxiran tiene problemas médicos muy claros. El nivel de tóxico con el que se produce el episodio alucinatorio y el nivel con el que se produce la intoxicación (que suele ser fatal) son muy próximos: la diferencia es pequeña entre ellos, un poquito más y se produce la intoxicación y al hospital, y el riesgo es riesgo de muerte.

Eso hace que estos chicos a los 12 ó 13 años, al comenzar a comprender el riesgo en que habitan y se "cambian" a otras drogas menos peligrosas, en el sentido preciso de que la franja que puede precipitarlos en una intoxicación, es más amplia.

¿Qué consecuencias podrá tener para nosotros el hecho de que recién a los 12 ó 13 años ellos empiezan a calcular esos riesgos?

Vamos a verlo en un momento más, al situar la diferencia entre el juego y el teatro, la diferencia entre el niño y el joven adolescente.

Hablar de un niño que consume nos obliga a dar cuenta de una vacilación de las vacilaciones en la constitución de la estructura subjetiva. Vamos a situar brevemente algún referente. Cuando me refiera a un niño, lo diré en el sentido preciso de un modo de definirlos: un niño es la pasión de ver todo, de escuchar todo, éso es un niño.

Definimos un niño en los bordes de aquello que nos interesa: un niño es la pasión de ver y escuchar todo.

Que los niños son extraños aparatos, lo sabemos todos. Verdaderamente, si hay aparatos extraños, no son las computadoras, son los niños. Ellos son aparatos de registro. Ellos registran, ven, escuchan todo. A veces, repiten lo que escuchan y cobran por eso. Ellos no sufren por lo que  nosotros imaginamos. Es el primer presupuesto para poder orientarse. Ellos sufren por  muy pequeñas cosas. Es un pequeño detalle el que hace que un niñito esté molesto y padezca. Seguramente nosotros lo hemos pasado por alto y es por eso que pueden sostener un berrinche durante horas. Nosotros sólo podemos imaginarnos a nosotros mismos, cuando tratamos de imaginar aquello por lo que ellos están sufriendo. Estamos sordos sistemáticamente.

Ahora bien, de todos modos, aquello por lo que "no sufren", aquello que registran, aquello que ven y aquello que escuchan, lo registran para siempre. En ese sentido es que los niños juegan, los adolescentes hacen teatro y los adultos hacen sueños y fantasías.

El pasaje del juego al teatro, y el pasaje del teatro al sueño, eso es (casi) la vida.

Por lo tanto, si ellos no sufren más que por sus muy pequeñas cosas, quiere decir que ellos habitan en su infancia eso que decía Freud una sexualidad protegida, perversa, polimorfa, pero una sexualidad protegida, no sólo por los cuidados y las obsesiones del otro, sino también por las características del momento estructural con respecto a la pulsión en que ellos se hallan.

En una supervisión, una analista supervisaba el caso de una niñita de 8 años, que había sido violada por un amigo del padre, que venía a hacer unos trabajos a la casa. La niñita estaba en análisis porque no sabían qué le pasaba. Desde hacía unos meses todo había empezado (era manoseada), ella no hablaba de "eso" y además nadie "sospechaba" demasiado, lo supieran o no (suele pasar).

Hace unos quince días, ese señor la viola y la lastima mucho. Esto sucede un viernes, a la nena la tienen que llevar a la policía y pasan por la cuestión legal, la revisan los análisis, el SIDA. Esa nena llega el lunes al consultorio de la analista: la llevan el papá y la mamá y uno de ellos le avisa por teléfono antes, le cuenta, la analista atónita, mal, muy implicada con la nena, era muy difícil. No sabe bien qué hacer y decide confiar en que va tener que suceder ahí, lo que suceda, pues si ella "se precipita" en algún pensamiento anterior a la sesión, eso no va a ayudar a su paciente.

En el horario de su sesión la nena llega, como si nada, (lunes, había sido el viernes, había pasado un fin de semana), ella saluda a la analista y le dice: "Bueno, quiero jugar". "Bueno", dice la analista. La analista suponía que la nena iba a venir, iba a contar, y nada de eso pasaba. La analista comienza a sacar los chiches y la nena dice. "Quiero jugar con aquello". "Aquello" era un juego dificilísimo del tipo de los juegos que ningún chico podría jugar si no tiene entre 12 y 13 años.

La analista está por decirle: "ese juego es muy difícil, vamos a jugar a _" y se calla la boca. Esa es su intervención. Callar la boca, en el momento en el que va a decir: "ese juego no", ella no lo dice, y su interpretación es ésa, no decir. Baja el juego y la nena dice: "Explicámelo".

La analista está "jugada", diciéndose que no debía pensar en ese momento, sino que tenía que hacer que en todo caso después tendría que dar cuenta del acto que allí estaba sucediendo. Se pone a explicar el juego, lo saca, lo abre y al mismo tiempo piensa en que le pasará a la nena, en por qué no le contará. Toda esa cosa iba haciéndole ruido en la cabeza.

Finalmente se pone a explicar. Lo explica y lo explica: veinte minutos explicando un juego, que la analista sabe perfectamente que la nena no entendería. Veinte minutos más tarde ella termina de explicarlo y le pregunta a la nena: "¿Entendiste?" y la nena contesta: "No, ese juego es muy difícil. Me parece que voy a tener que esperar unos años más para jugarlo".

En ese momento, la analista "comprende" aquello sobre lo que se trataba. De que se trata en un análisis con niños. Lo comprende con una claridad notable, esa nena dijo que ese juego era muy difícil y que no podría jugarlo por ahora, ella no entiende nada de nada.

Ese era el modo en que allí se situaran las claves por donde iba a pasar el trabajo con esa nena, en relación a lo que a ella le había tocado vivir.

Con un pequeño movimiento la nena le estaba diciendo "no se trata de hablar sobre si me tocó, si me violó, si me metió el dedo, o me metió el pito, si me hizo sangrar, si me gustó, si me dolió, si me_

Se trataba de pasar por pasar por otros lados. No hay que preocuparse, ya que si se pasa verdaderamente por allí, por el juego en análisis, se llega a lo que es necesario, esa nena dice: "Ahora no entiendo, será dentro de unos años".

Es esto lo que quiere decir Freud, cuando nos dice que los niños tienen en su infancia "una sexualidad protegida".

Los chicos tienen una extraña memoria, sin relato. Lo que liga el dolor a la escena, es el Recuerdo y el recuerdo es lo que permite configurar un relato. Cuando no hay ligadura entre el cuerpo y el recuerdo no hay relato.

A veces uno está "hecho una histérica" y cuando le preguntan: ¿Qué te pasa?, uno no sabe bien qué decir, y allí sobreviene es0a presencia del cuerpo que nos permite decir: nada, nada, nada. A lo sumo se esperaría que hable el otro para intentar ligar ese cuerpo a las palabras del Otro.

En los niños, en relación a ese cuerpo, hay una extraña memoria sin relato; él aún no ha hecho esa "juntura" con el recuerdo que habrá de ligar el dolor con la escena. Ese cuerpo tendrá en lo sucesivo la textura de las palabras.

Hay un matrimonio no producido, es el matrimonio del cuerpo con el falo. El cuerpo del niño está ahí, recibe los estímulos, ve, escucha, registra y todavía ese matrimonio del cuerpo con el falo, no termina de producir una memoria hecha de recuerdos.

Como decía brillantemente Melanie Klein, ustedes hagan hablar a un pibe, háganlo recordar y va a decir "no sé, no sé", y luego se angustiará mucho.

El matrimonio cuerpo-falo no termina aún de producirse. Eso es la niñez, eso se hará noviazgo en la adolescencia y casamiento en la neurosis.

Una de las cosas más brillantes y más incomprendidas que he leído en Lacan, sobre la adicción, él no ha dicho mucho, es que "en la adicción se rompe el matrimonio del cuerpo con el falo".

La adicción implica una desconfianza con respecto al inconsciente. Los adictos son desconfiados del inconsciente. Eso quiere decir la ruptura del matrimonio cuerpo falo. Apuestan desde la química de los hombres, al cuerpo desanudado del falo. Divorciado, insisto, ya que no es lo mismo haberse casado y haberse separado, que no haberse casado nunca.

Las palabras de Lacan son precisas, es la ruptura del matrimonio cuerpo falo. En un niño, ese matrimonio está por producirse.

Esa extraña memoria sin relato ofrece la posibilidad a los niños para que no se atormenten igual que nosotros.

Cuando a nosotros nos pasa la cuarta parte de lo que a esa nenita que digo, la cuarta parte, la décima parte o simplemente la vemos en una película, entonces el recuerdo de las escenas más escabrosas, eso vuelve y vuelve y vuelve en la cabeza.

 Allí aparece ese tormento ligado por el fantasma. El fantasma es justamente eso: la capacidad del S de situarse en relación a una escena que retorna como un cuerpo que goza.

Como los chicos tienen una memoria sin relato, no es el recuerdo lo que puede atormentarlos, será lo que ellos recuerden, sino lo que se les presenta: una voz de "mando".

Ese "levántate", que rompe, rompe el cuerpo, justo allí cuando aún no ha encontrado su máscara, estar medio despierto y viene la voz ahí y perfora. La voz "entra" cuando se prolonga la vocal.

"A comeeeer"!

"Levantaaaate"!

Una de las cosas que más me torturan, es a la mañana, cuando me tengo que levantar; me he acostado tarde, no escuchamos el despertador y viene una muchacha que trabaja a la mañana, golpea la puerta y dice: "Doctooor". Muero. Hay un instante en que todavía no he despertado y el cuerpo es angustia esperando que venga esa voz.

¡Ese es el cuerpo del niño!

El niño a lo sumo puede entonces, si es interpelado por otro "qué te pasa?", angustiarse sin texto, frente al estímulo que le produce lo que registra. Frente al estímulo de lo que recibe en la infancia, los niños juegan su partida.

Ignoran. Ignoran quiere decir que todavía no ligan representaciones.

Efectivamente, el recuerdo no lo matrimonian con el cuerpo. Entonces ignoran y su juego, es un juego que paulatinamente se va haciendo un juego de reglas. Se va haciendo un juego de decisiones, pero fundamentalmente será un juego de matar, de morir y de resucitar.

Más allá de que hoy jueguen con juegos de video, y que hace veinte años sólo jugaban con soldaditos y hace cuarenta años jugaban con amigos, no importa, siempre juegan a lo mismo!

Voy a evocarlo: primero es "te maté, me mataste, bueno, vamos de nuevo". "Ahora estamos vivos, te maté, me mataste, bueno, vamos de nuevo". Después es: lo mató, revivió, lo mató, resucitó, y así.........son juegos de matar y morir, y de resucitar.

Podemos decir que son juegos cristianos. Lo mataron, murió, resucitó, son juegos cristianos. Son juegos de lo sagrado. Son una "práctica de su condición de sujeto".

Recuerdo además que uno jugaba a lo mismo que ellos juegan ahí, sólo que nosotros jugábamos a los "cowboys".

Ellos juegan a juegos de karate, lucha, etc. Es decir juegos de muerte y resurrección, para con ellos, para con sus pequeños juguetes, para con sus pequeñas calcomanías ambulantes, que son esos jueguitos que hoy practican. Esos son también "sus hijos" a quienes hacen vivir y morir; ellos son Cristo que muere para resucitar, ellos son luego Dios que hacen morir a su Cristo para luego resucitarlo. Ningún hombre puede matar y hacer resucitar a otro hombre.

Sólo Dios, sólo los niños en su juego.

Por eso cuando un hombre invoca algo en nombre de Dios hay que empezar a temer! De eso nosotros tenemos bastante experiencia en este país.

Para ese aparato de registro no hay muchas opciones de descanso en los primeros años. Los pibes no pueden descansar mucho. Ellos tardan un montón hasta poder mentir. Podrán hacerlo a partir de un determinado momento y no antes.

Cuando no pueden mentir, qué hacen? Se ocultan! Eso sí pueden hacerlo.

Se esconden, el esconderse de un chico es el equivalente de la mentira en un niño más grande.

Pero tampoco puede "irse" aunque las fugas indican que sí y cada vez más. No pueden irse demasiado lejos y en general son raras las fugas en niños muy pequeños. Sin embargo en estos tiempos comienzan a producirse. Hay un punto de descascaramiento de lo social, pues hasta ahora eran los adolescentes los que se fugaban y no los chicos.

Si no pueden irse demasiado lejos, qué hacen? Se quedan rompiendo la escena: eso es el berrinche.

El berrinche es un modo de fugarse, de romper la escena. Son esos chicos que al no poder irse, tienen una impaciencia hiperkinética; son esos chicos que uno ve que están ahí con el papá o la mamá, que van, se mueven, que vienen, que van, que están todo el tiempo atacando la escena de la cual no pueden salir sino con su impaciencia, o con el accidente. Los accidentes son un modo privilegiado de irse.

Un niño que no juega, es un niño que recuerda demasiado y al perder la protección del olvido, ese niño queda a la intemperie. No puede dar un paso.

 Puedo transmitirles hoy una definición del juego: jugar es experimentar con el azar.

Jugar es experimentar con el azar y eso es válido para cualquier niño.

Cualquier niño: el mío, los míos, los de ustedes y también los chicos de la calle.

Hay en nuestro país una serie de niños, cuya cantidad aumenta mes a mes, que tienen entre 8 y 12 años, y los llamamos los "inhaladores", pero para tener una versión un poco más lúdica y con algún humor negro (casi publicitario) les diremos "los niños del pegamento" al que suelen quedar pegados.

Esa droga es de fácil adquisición, y bajo costo. Sus efectos son inmediatos y muy peligrosos por el escaso margen que hay entre la etapa alucinatoria y la muerte por intoxicación por sobredosis.

Ahora bien, ellos, los niños del pegamento, ¿por qué lo hacen? ¿Por qué?

Ellos lo hacen para conseguir algunas cosas. Lo hacen para dejar de ver todo. Lo hacen para dejar de escuchar todo. Lo hacen para dejar de registrar. Lo hacen, como diría nuestro viejo Freud, para dejarse caer.

Ellos abandonan así su lugar en el mundo al dejar su condición de niños, en suspenso. Si el niño es un aparato de registro, que ve y escucha todo, ellos mediante el truco de la química dejan de ver, escuchar, dejan de registrar, dejan entonces su condición de niños en suspenso y así se ausentan.

No necesariamente porque sufran de la compasión por sí mismos en el sentido neurótico. Ustedes saben que los neuróticos sufrimos en general por eso, por la compasión que nos tenemos a nosotros mismos al sufrir. Los niños se ausentan de las circunstancias desalmadas en que viven, juegan a ausentarse.

Frente a la falta de reparo, que el mundo les ofrece ellos permutan el sueño por la euforia quieta de la química del Poxiran. Pero cuando estaba dando vueltas por las ideas, taché sueño y puse descanso. El sueño es una palabra importante para nosotros los analistas, el sueño implica un punto de elaboración de las fantasías que los niños aún no tienen. Los niños tienen pesadillas que impiden su descanso.

No hay ese orden de elaboración, de permutación en lo simbólico que permitirán los sueños. Cuando los chicos empiezan a soñar, es que ya se ha constituido su orden fantasmático.

Ellos permutan el descanso por la química y por eso lo que no van a tener es descanso. Voy a usar un término de alguien querido para mí que es Miguel Calvano pues es un término absolutamente adecuado, él los llama a estos chicos: Ex niños.

Me parece notable pues tienen la niñez en suspenso y muchas veces se consolidan en eso.

El los llama ex niños, estos pequeños ex niños muchas veces encuentran la muerte en su juego, pero entiéndanme bien, una muerte humana. No divina!

Porque el chico que se muere por una sobredosis, o que se muere porque lo mandaron a la guerra, muere de una muerte humana, no hay resurrección ahí, no puede ya recomenzar.

Podemos definir ya lo que supuestamente llamaríamos adicciones en niños. Propongo esta definición: son una práctica lúdica de la desaparición, constituyen un ejercicio efímero del yo para suspender su registrar todo, y así poder aliviarse del peso, que en el cuerpo dejan, los estímulos que modulan las voces del Otro.

Ellos pretenden aliviar, ese cuerpo que aún no encuentra en su matrimonio con el falo la posibilidad de "hablar al pedo" como nosotros y entonces hacen ese ejercicio efímero para suspender esa práctica de registro y así aliviarse de voces y de miradas.

Al suspender la actividad de registro, el pegamento provoca una desaparición que los ausenta de esa realidad que les es hostil, que les es difícil. Lo que más importa es que los ausenta al precio de ausentarlos también de su condición de niños en lo social. Por eso son ex niños.

Su juego será para ellos entonces, un juego peligroso, sin reglas, ni cuidados. Un juego que se codea con la muerte, como episodio posible en lo real. Un chico tiene una desventaja con respecto a un adolescente, porque los adolescentes, se drogan y se cuidan entre ellos; no dejan de tener reglas de funcionamiento en esas pequeñas tribus que constituyen. Su juego también se codea con la muerte. Cuando eso sucede, hay un teatro donde al bajarse el telón se acaba la historia, no hay aplausos sino el espanto de saber que no hay otra función.

Pero en los chicos, esto es aún más extraño, porque los chicos no se cuidan entre ellos. No configuran todavía, esa dimensión del grupo consolidado como es el de los adolescentes.

Vamos ahora a responder a nuestras dos preguntas. Hay niños que consumen? Sí, hay niños que consumen. Hay niños adictos a las drogas? No, no hay niños adictos a las drogas. Hay niños adictos a su propia desaparición!

Pensar que un niño es adicto a su propia desaparición, tiene una ventaja absolutamente grande con respecto  a pensar un niño adicto a las drogas.

Una ventaja que entra en consonancia, con los conceptos con los que se fundó el psicoanálisis: "No privilegiar el objeto droga, sino privilegiar el S".

Hay niños que consumen esta química de los hombres y se consumen en ella demasiado pronto.

Pero, para qué estamos! ¿Puede el juego transferencial que instala un analista con los niños, competir con este sistemático y terrible ejercicio de desaparición que son las adicciones?

A veces pienso que es una especie de "competición", en la cual no se sabe quién gana y en la cual muchas veces, el psicoanalista cae vencido. (No se abandona una posición libidinal sino es por una mejor, nos enseña Freud).

Por lo tanto, ¿qué consumen los niños?, y ¿cuál es nuestra responsabilidad en ello? El número de niños adictos a la desaparición crece día a día.

Atender a uno, atender a cada uno, es cada vez más difícil por una razón, no sólo porque son cada vez más, sino por la desesperanza. Por la desesperanza de ver que los muertos no resucitan. Y que su muerte prosigue a diario.

En ese sentido, comencé con algo con lo cual voy a terminar, eso que puede escribirse como la fortaleza de espíritu.

Si atender es cada vez más difícil por esa desesperanza, es en ese sentido, que a veces, al menos a mí, atender me da miedo en muchas ocasiones.

Me da miedo a la desesperanza. Un miedo que sabe, que cada día esos niños son más. Por muchas circunstancias, que tendríamos alguna vez los psicoanalistas si nos tomáramos en serio que tratar de pensar. Esas circunstancias que habitan la estructura de lo social en la actualidad.

Un miedo que sabe entonces que cada día esos niños son más, un miedo que significa encontrarse cargando una roca hacia la cumbre otra vez, como Sisifo. Ese es mi mito (me hago mimos - Sisifo). Cargando hacia la cumbre otra vez más con el cansancio de saber, que la roca va a volver a caer y aún así, y aún así proseguir.

El juego como experiencia del morir y matar y revivir, es la forma inmemorial, más allá de los tiempos, de ejercitar al Sujeto cuando se es un niño.

Ustedes dirán ¿en qué se ejercita? En la diferencia entre haber jugado a morir y no haber muerto y la muerte humana cuando adviene un abrupto fuera de juego anticipado.

Vamos a ir despacio para que cada uno imagine, en cada uno de los títulos, lo que pueda.

La catástrofe, la crueldad, "la perversión en el poder", o simplemente "la peste moderna", pueden sacarte todo en la vida. Pero, si no te privan de esa vida misma, será aquella seriedad del juego cuando niño lo que habrá de permitirte encontrar la fortaleza para volver a comenzar.

Es ese el ejercicio para la vida que el juego permite el ejercicio de volver a comenzar. El ejercicio de matar, del haber muerto y del volver a comenzar. Será el recuerdo de esa seriedad, que tuviste al jugar y que te dejaron tener al jugar, aquello que habrá de permitirte encontrar la fortaleza de volver a comenzar.

Casi totalmente se podría decir, ¿será por eso, que los psicoanalistas pasan por ese lugar?

La fortaleza de un hombre es el recuerdo de la seriedad que tuvo, cuando era niño, al jugar.

Por lo tanto será un férreo deseo de seguir intentándolo, la posición subjetiva que habrá de permitirnos no desfallecer, ni decepcionarnos; en realidad tengo ganas de cambiar mi propia versión: "no desfallecer al decepcionarnos".

La generosidad de un hombre (ya no la fortaleza), es el recuerdo de la pasión que tuvo cuando joven al actuar. Quien pudo cuando joven, tener la ocasión de interrogar el destino en un teatro, "siempre urgente", que dice "me muero, me muero si no puedo, me muero si no consigo, me muero si no salgo, me muero si no me llama, me muero si no me co_, me muero si no viajo, me muero" urgencia que interroga en el teatro el destino de la existencia, confiando en que luego bajarán el telón, (no he muerto) y hasta la próxima obra o acto.

Los adolescentes confían en eso y se llevan unas sorpresas terribles cuando terminan presos o muertos. (Eso estaba fuera de programa).

Los adolescentes son los únicos que se sorprenden cuando mueren!

Entonces, resguardarlos, es resguardar que ese teatro, permite hacer un pasaje por la pasión del "me muero" sin que  la muerte del cementerio los reclame.

De qué estamos hablando entonces? De qué muerte estamos hablando, de qué muerte sagrada que se produce en el juego de los niños y en el teatro de los adolescentes?

¿Qué ofensa a lo sagrado será que haya doscientos cincuenta mil niños que el año pasado fueron enviados a pelear en la guerra, chicos entre 7 y 12 años?

¿Qué ofensa a lo sagrado es quizás la adicción?, que llena las plazas del mundo.

Acaso el deseo del analista, no estará hecho de juego?

Acaso el deseo del analista, no estará hecho de teatro?

El deseo del analista tiene la pasión de privilegiar el Sujeto y justamente por eso es que no desconoce el objeto.

Acaso no revela la fortaleza y la generosidad de la que es capaz el hombre, cuando deja de compadecerse a sí mismo?

Proteger a un niño es resguardar su juego, es evitar que su muerte sea humana.

Proteger a un adolescente, es resguardar su teatro, su pasión de experimentar con el destino.

La adicción, se ha convertido en un nombre, en un nombre con el que se nombran aquellos que ya no confían en el inconsciente. Y si no confían en el inconsciente no escuchan y al no escuchar se aburren mucho. No olviden nunca esto: los adictos se aburren mucho!

Han destrozado el reloj, pero no el tiempo.

En lo social ser un adicto es un nombre, que no es discutido ni cuestionado. No se dice ¡No! ¿Por qué los vamos a llamar adictos a todos? Es una resignación. Hay una resignación de ese otro social con respecto a la universidad con que se usa ese nombre.

Creo que esa resignación del otro social, nos habla más de un deseo de segregación que de un esfuerzo por la verdad.

Cada uno de ustedes sabe que eso se llama el deseo del analista, eso que se llama la fortaleza de espíritu no es colectivizable.

No tiene un nombre universal que pudiera hacer un grupo de eso. Aunque tengamos todos ese nombre, no nos identifica a cada uno con los otros.

Por eso en el psicoanálisis, no hay un deseo de segregación (no se puede decir lo mismo de los psicoanalistas).

Tal vez esta resignación del Otro que en su esfuerzo por la verdad acuna el oculto ese oculto deseo de segregación, quizás sea una de las causas, del fracaso de los planes, que intentan evitar la diseminación de estos mortíferos refugios interiores a los que tantos jóvenes acuden.

Podríamos decir que los adictos encuentran un refugio interior cuya condición es la destrucción del amor.

El esfuerzo por la verdad, lo que nos hace pensar que la adicción es un falso acto; un falso acto. El tipo sale con pastillitas hecho un gladiador como nos dice la letra, o pasa de una realidad insoportable al sueño del opio.

Divide al S, pero es un falso acto, porque no produce un S.

Produce ese objeto, efecto de la ruptura del matrimonio cuerpo falo.

La adicción es un falso acto y no hay más suicidio que rebeldía en ella. No leo la adicción como rebeldía, para nada. Y me pregunto ¿será que en nuestros tiempos ese suicidio anunciado, en esas plazas, algunas plazas de Europa donde en zonas "liberadas", los adolescentes transcurren algunos años hasta morirse y ni siquiera son castigados. Será que en nuestros tiempos ese suicidio anunciado es la apelación que los jóvenes realizan, frente a la vacilación de sus mayores?

¿Quién, quién puede hoy saber algo sobre cómo hacer para que los hombres podamos proteger a nuestros jóvenes y niños?!

La libertad es impiadosa con el verdadero origen del hombre. Hoy, estamos enfermos de poco misterio.

Por eso, creo que la creencia ha comenzado a jugarnos una mala pasada. Porque la creencia se ha casado con la ciencia.

Y, cuando la creencia se casa con la ciencia, enfermamos de poco misterio.

En estos tiempos de crisis, nuestra sociedad parece que ya no tiene código amoroso. Ayudar a otros, parece imposible.

Termino, entonces, con una pregunta.

¿Qué será realmente la solidaridad?

Acaso, cada uno de ustedes lo sabe?

 

Publicado en el CD ROM Drogadependencia Abordajes Múltiples. Juan Dobon y col.

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