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a-contecer en el cuerpo
Beatriz Gomel, Paula Contreras, Helen Kaplun, Mirta Roffe, Gabriela Roth, Inés Szpunt
La relación con el cuerpo no es en ningún hombre una relación simple.
El Inconsciente no tiene nada que ver con el hecho de que uno ignora un montón
de cosas en cuanto a su propio cuerpo, y que lo que se sabe es de muy otra naturaleza.
Uno sabe cosas que resultan del significante. [1]
Tanto el fenómeno psicosomático como el síntoma son acontecimientos del cuerpo, pero tienen una estructura diferente.
Nos proponemos inicialmente explorar esta diferencia interrogando el lazo de cada uno de ellos con la estructura del lenguaje y con el goce. Es decir: cómo se articulan lenguaje y goce en ambos acontecimientos del cuerpo.
Una distinción de partida: así como en la histeria el síntoma como acontecimiento del cuerpo se constituye en el paradigma de un cuerpo que se hace para el Otro del significante, respecto del fenómeno psicosomático no podemos pensar lo mismo. Si de algo se trata en el fenómeno es de un cuerpo cuya relación con el Otro del significante se halla en corto-circuito.
¿Cómo entender esta diferencia?
Si tenemos en cuenta la tesis de Lacan en Radiofonía, es a partir de la incorporación de la estructura del lenguaje que es posible "tener un cuerpo" y no "ser un cuerpo". Es por esta misma incorporación del cuerpo simbólico que "el cuerpo que se tiene" se cadaveriza, se vuelve un desierto de goce. Quedando la libido como resto de esa operación con una ubicación y una función muy precisas: localizada en el exterior del cuerpo -en las zonas erógenas- siendo el único instrumento para recuperar algo del goce perdido, negativizado por el significante.
Desde esta perspectiva, pensamos al fenómeno psicosomático como aquello que señala una falla en la incorporación de la estructura del lenguaje. Se trata de la inducción de un significante que no provocó la afanisis del sujeto. Por lo tanto, el fenómeno es efecto de una perturbación en la cadena mínima S1-S2, que se presenta en bloque, holofraseada. No responde a la estructura de metáfora de un síntoma, por lo tanto tampoco a la articulación que éste tiene a una letra del Inconsciente.
Por ello, en el fenómeno psicosomático hay -en lugar de metaforización del goce- pegoteo de objetos imaginarios sin simulacro, sin semblante. Es entonces el testimonio de un punto de desconocimiento del significante, por fuera del sentido [2] .
La consecuencia de este defecto de lo simbólico en relación al goce, es que no logra efectuarse todo el vaciamiento necesario para que se abra paso a la recuperación por la vía del plus de gozar. Se tratará entonces de un residuo tóxico, que lesiona al cuerpo, fijándose así un goce específico distinto del goce fálico o pulsional.
Es posible -por lo tanto- establecer una lógica de oposición entre el tipo de goce en juego en ambos acontecimientos del cuerpo: mientras que en el síntoma, el goce fálico está por fuera del cuerpo, pero no fuera de lo simbólico; en el fenómeno psicosomático: se tratará de un goce que está por fuera de lo simbólico, pero no fuera del cuerpo?
De ser así, el fenómeno psicosomático se ubicaría -entonces- como un acontecimiento del cuerpo que se halla por fuera del discurso. Ahora bien, ¿acaso no podría pensarse que se halla momentáneamente por fuera de él?
Y si de eso se trata, ¿no será que bajo condiciones muy precisas y particulares -en la experiencia de un análisis- este goce excluído del discurso Inconsciente pueda eventualmente incluírse en él? ¿Qué operación habrá de realizarse para que algo de esto sea posible?
Encontramos en un artículo de Patrick Monribot, Qué curación del cuerpo en el análisis? [3] , una interesante viñeta clínica en la que se verifican algunas hipótesis que venimos trabajando.
Un sujeto, luego de 10 años de análisis, va a ser padre. Es en ese momento del análisis que va a resurgir un tic que le aparece a la edad de 11 años, cuando asiste a la escena del vaciado del ojo herido del padre en el fregadero. Este tic -que consiste en abrir los ojos de par en par- desaparece a los 15 años, en ocasión de su primer encuentro sexual. Cabe señalar que el encuentro con el cuerpo del Otro no se liga solamente a la desaparición del tic, sino -al mismo tiempo- con la aparición de una rinitis alérgica severa, resistente a todo intento de curación médica. El sujeto nunca había hablado de esta rinitis en su análisis, más bien iba con ella, ni se quejaba ni se preguntaba nada.
Es entonces en ocasión del encuentro con la pregunta sobre la paternidad que se desencadena nuevamente el tic de los 11 años, y el trabajo asociativo lo conduce a rememorar otra escena, mucho más temprana que la anterior, cuando tenía sólo 3 años: en el marco de la puerta, el niño ve a su madre arrodillada y atenta, curando el pene herido del padre. Ella sostiene un envase de mercurocromo, antiséptico con el que cubre el órgano del padre, que no es más que una mancha roja. El niño queda silencioso y estupefacto. Esta escena -rememorada en el análisis- se le presenta como una suspensión de la imagen, en la que le es imposible ubicar un antes y un después.
El trabajo analítico sobre esta escena le permite al sujeto develar el sentido sexual ligado al pene herido del padre, que le sirve para armarse una versión fálica sobre lo real del sexo. El marco de la puerta, propicio al fantasma como cuadro, al mismo tiempo que vela lo real, designa la posición de objeto -mirada- del sujeto en relación al Otro. Tenemos entonces -a partir de esta escena- el sentido sexual, fálico, articulado al fantasma, pero hay un elemento heterogéneo que detiene las asociaciones: el mercurocromo. Se presenta en el trabajo del análisis como un límite al sentido sexual, más bien como algo fuera de sentido, y es sobre este elemento que el analista realiza una intervención: descompone mercurocromo en una serie de significantes -mére (madre) - cure (cura) - ocre (ocre) - homme (hombre). El efecto de esta intervención es la interrupción radical de la rinitis alérgica de 20 años de evolución.
Qué lo hizo posible?
Primero, el analista sanciona el mercurocromo como una holofrase.
Segundo, realiza una operación de escansión, produciendo un intervalo entre los significantes allí donde no lo había.
Tercero, está claro que la interpretación opera con lalengua de un modo poético, en la medida en que se sirve de la homofonía para producir un desplazamiento metonímico. Evidenciándose entonces la singularidad del goce que se hallaba congelado holofrásicamente.
Una vez deducida la lógica de esta intervención, se nos vuelve mucho más entendible una referencia que dio Lacan sobre el fenómeno psicosomático en la Conferencia en Ginebra sobre el síntoma:
"La cuestión debería juzgarse a nivel de ¿cuál es la suerte de goce que se encuentra en el psicosomático? Si evoqué una metáfora como la de lo congelado, es porque hay efectivamente esa especie de fijación. Tampoco Freud emplea en balde el término Fixierung -es porque el cuerpo se deja llevar a escribir algo del orden del número.
Sr. Vauthier - Hay algo paradójico. Cuando uno tiene la impresión de que la palabra goce recobra un sentido con un psicosomático, éste ya no es un psicosomático.
- Totalmente de acuerdo. Es por ese sesgo, por la revelación del goce específico que hay en su fijación, como siempre debe tenderse a abordar al psicosomático. En esto podemos esperar que el inconsciente, la invención del inconsciente pueda servir para algo. [4] "
[1] Jacques Lacan, Seminario 23, clase del 11/5/76, inédito.
[2] Javier Aramburu, El fenómeno psicosomático y la clínica borromiana, en Estudios de Psicosomática Volumen 4, Atuel-Cap.
[3] Patrick Monribot, Qué curación del cuerpo en el análisis?, en Freudiana Nº 37, año 2003.
[4] Jacques Lacan, Conferencia en Ginebra sobre el síntoma, en Intervenciones y Textos 2, Editorial Manantial.