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“El rol de la técnica y su impacto en la disolución de los lazos sociales”

Diego J. P. Aufiero- Florencia Surmani – Osvaldo Umérez

La declinación  del paradigma Europeo Occidental.

El malestar en la cultura actual  no debe ser entendido y reducirse tan solo a un momento temporal que bien podríamos llamar nuestro presente histórico. Intentar comprender la serie de rupturas que se presentan actualmente en torno a los lazos sociales  nos lleva a iniciar nuestro recorrido por la declinación de lo que podemos nombrar como paradigma europeo occidental o en términos de Heidegger el ocaso de la Metafísica.

Pensar en la historia de Europa implica referirnos a la historia de la metafísica, en cuya raíz hallamos el modelo de pensamiento de la Grecia Platónico-Aristotélica. Lejos de intentar realizar un estudio minucioso sobre las raíces de dicho pensamiento o realizar un pasaje cronológico por su historia, nuestro recorrido estará soportado por un articulador central. Dicho articulador será la propia crisis de la metafísica como sistema ideológico cultural de Europa occidental.  En rigor abordar dicha crisis supone abarcar un gran espectro de complejidad, una cadena de eslabones culturales propios del pensamiento europeo. Hablar entonces de crisis cultural en el ceno del pensamiento europeo supone incluir dentro de la misma a la totalidad de la ciencia moderna. Podríamos afirmar entonces que dicha crisis es una crisis de significación. En referencia a la significación y su relación con la interpretación Michel Foucault tomará a Marx, Nietzsche y Freud afirmando que ellos no incluyeron  un nuevo sentido a las cosas en el mundo occidental “Ellos en realidad  cambiaron la naturaleza del signo y modificaron el modo en que podía ser interpretado[1]. Es decir que aquí no nos encontramos ante la introducción de nuevos sentidos sino que si la naturaleza de la significación  establecida en el mundo occidental se ha alterado es por efecto un  acto de interpretación. Se interpreta sobre lo previamente interpretado.

 

La emergencia de Freud y de Nietzsche deja al descubierto en forma crítica el vano intento, que la modernidad ejerce,  en pos de extirpar de la subjetividad todo resto de cosa no racional.  Consecuentemente la razón no puede cerrarse sobre si misma, hay algo es sí que escapa a su estructura. 

Hallamos entonces ciertas fisuras o resquebrajamientos que, lejos de designar la inmediata extinción de la metafísica van marcando  su declive, su ocaso: Heidegger afirma: “la metafísica es al mismo tiempo algo pasado en el sentido de que ella ha entrado en su finalización”[2]

El declive de la metafísica halla su consumación de un modo, si se nos permite la licencia, entrópico[3] que lejos de extinguirse en forma súbita se va agotando en tenue e irreversible movimiento. Movimiento generado por ella misma. En tal sentido la metafísica opera sobre sí misma en su esencia.

De este modo en un movimiento doble la metafísica a la vez que alcanza su grandeza se consuma en su despliegue, en su plenitud. Lo cual designa su declinación. Su inflexión. Heidegger afirmaba en la “Superación de la Metafísica” que mientras la metafísica pasa es pasada en el sentido de la cita anterior, es decir que ella ha ingresado en el proceso de  su finalización, que ha dado un paso hacia su final. Este movimiento, asegura el autor, se prolongará por un tiempo superior a lo transitado en la misma historia de la metafísica. 

 

 Si hablamos entonces de una crisis instalada en el corazón de occidente  podríamos tomar esta palabra (occidente) la cual contempla un elemento esencial. Dicho elemento designa  su propia declinación pues la palabra ocaso se halla íntimamente ligada a la palabra occidente, donde el verbo latino occídere[4]  en su traducción al español significa  matar o asesinar. Occidente lleva entonces consigo este significado que lo sobredetermina. Podemos señalar entonces que Occidente es el lugar donde “Dios ha muerto” y esta muerte  determina la culminación de la cultura occidental. En este punto se ubica Heidegger tomando tanto la perspectiva Hegeliana de la realización de la metafísica en su punto de plenitud  culminante, como la crítica Nietzscheana  en el sentido de la disolución de la metafísica. Ambas perspectivas (Hegeliano-Nietzscheana) consuman la “Muerte de Dios” ante lo cual  la ciencia alcanzará un  lugar privilegiado, un lugar eminente en el espacio vacante que deja la religión. Ella ocupará un lugar  que no será sin consecuencias, pues sus  límites son borrosos y su desmesurado avance se sostiene al ritmo del vértigo  por el dominio de la naturaleza devenida ya recurso. Dicho aspecto será desarrollado más adelante. 

 

La consumación de la metafísica lleva articulada en su esencia una operación estructural. Se advierte así que la metafísica en su consumación, evidencia una falla en su estructura, cuyos efectos se intentan cubrir justamente en ese agujero en ese vació que su ocaso advierte. Nos referimos a un vacío producto de una operación. Dicho vacío puede ser nombrado como sin-sentido. El vano intento de recubrir esta falla supone inyectar sentido allí donde por estructura no lo hay,  Heidegger dirá: “Pero aún así, sigue siendo el presupuesto impensado  e inevitable  de los ciegos intentos  por escapar  a lo carente de sentido  por medio de una mera aportación de sentido”.[5]

Este modo fluctuante de aporte de sentido se puede observar en el contexto de la historia contemporánea lo cual nos indica que más tarde que temprano los cimientos  de la metafísica, evidenciando su falla, comenzarán a sentir su precariedad.

Pero ¿de qué operación hablamos? ¿Cómo llegamos al sin-sentido? La citada falla estructural es aquella que Nietzsche supo demarcar. Demarcación que involucra una operación estructural en la historia de la metafísica. Dicha operación implica la destitución del mundo suprasensible (ideas) por lo cual el mundo sensible queda eliminado. Por lo tanto dicha destitución  arriba  al sin-sentido, no hallándose diferenciados lo sensible de lo suprasensible, Heidegger señalará que “Lo suprasensible  se convierte en un producto  de lo sensible  carente de toda consistencia.”[6].

Esta eliminación de la diferencia deriva en que la metafísica  termine en ni esto ni aquello.  Si  “Dios ha muerto” todo el mundo suprasensible se halla perdido. Con esta muerte la metafísica queda privada de aquello que  en esencia la posibilitaba, es decir el mundo suprasensible. La metafísica  queda así destituida de su fundamento constitutivo entregada ahora a sus abusos a sus excesos de dominio y control del planeta. ¿Dónde halla su horizonte?. De existir dicho horizonte solo nos señala su ocaso. 

 

Nombrar el fin de la metafísica  es referirnos al agotamiento de una tradición, donde Heidegger nos señala que es demasiado tarde para los dioses y demasiado temprano para el ser. Por lo tanto podemos agregar que la metafísica es también la historia de un largo olvido y como tal implica un dejar fuera. Un olvido que  excluye, oculta  y no da lugar.  Heidegger afirma que en su transcurso  la metafísica  olvida que se olvidó.  Si efectivamente hablamos  de la historia de un olvido, ¿qué es aquello que se olvida?, precisamente lo que olvida es al ser.  Olvido que es a favor del ente, es decir en pos de las cosas y que en el mismo movimiento transforma al ser en cosas, en puro ente. El ser queda entonces ubicado como predicado del ente.

 

La técnica como última figura de la metafísica

 

Habíamos mencionado en los primeros párrafos acerca de  la existencia de ciertas consecuencias  devenidas de la declinación del mundo metafísico y el papel fundamental que ocupa la ciencia. De este modo a la caída de su fundamento se le une otro elemento, la devastación de la tierra. En este eje el hombre estará ubicado en un sitial ajustado a la medida (calculo) de dicha devastación. La naturaleza como tal ha devenido recurso y esta ha trocado sus ciclos naturales para devenir objeto de manipulación al capricho del consumo y la extensión del dominio. La explotación de lo natural ha confluido en convertir  a ello en mero recurso. ¿Qué lugar tiene el hombre en este escenario?. Decíamos que el hombre tiene un lugar a medida y este lugar es el de animal o bestia de trabajo. El animal rationale de la metafísica ha devenido bestia de trabajo. Hablar de explotación de lucha por el dominio incluye inequívocamente no solo a la explotación del recurso natural sino de la explotación del hombre por el hombre que en consecuencia ha devenido ya recurso humano. El hombre se constituye así es un medio para determinado fin. Heidegger afirma: “Derrumbamiento y devastación encuentran su adecuada cumplimentación en el hecho de que el hombre de la Metafísica, el animal rationale, está asentado como animal de trabajo[7].

La devastación de la naturaleza  opera en consonancia con la lucha por el dominio y poder en el sentido imperialista de ese dominio. Esta lucha se da en consonancia con la pérdida de las referencias fruto del hundiendo de la metafísica. Si el hombre deviene “Señor explotador”, este dominio se ejerce en virtud de un poder que no registra límites. Dicho poder se registra en el avance de la ciencia, donde  el poder de explotación en esencia puede denominarse usura. Dicha lucha por el  dominio halla en su acción la plena cosificación del hombre en tanto ente,  lo cual  ha  alcanzado consecuencias que se registran como verdaderas marcas en la historia de la humanidad.   La usura se presenta así como uno de los elementos fundantes de la ruptura del lazo social. Heidegger afirma que en la antesala de la  “era  atómica”  la usura y el dominio indiscriminado del ente se halla en plena expansión, tal vez  podamos graficarlo en virtud de un momento histórico central del Siglo XX donde la guerra tal vez constituya un ejemplo radical. En Octubre de 1941 en el frente oriental ruso en plena Segunda Guerra Mundial, su maquinaria de horror y muerte se erigía en apoteótico esplendor. En este marco hallamos  un testimonio en uno de sus principales protagonistas, el mariscal de campo Von Reichenau que al mando del VI  ejercito de la  Wehrmacht  realizaba la siguiente afirmación  acerca de del tratamiento de civiles y judíos en la recién invadida Ucrania:  “En el escenario oriental de la guerra, el soldado  no es solo un hombre  que lucha según las reglas de la guerra, sino también el porta estandarte  despiadado de un  ideal nacional  y el vengador de todas las bestialidades  perpetradas contra los pueblos germánicos. Por esta razón el soldado debe apreciar completamente la necesidad de una retribución  severa pero justa  que debe ser impuesta a la especie  subhumana  de los judíos”. Su deber era “liberar al pueblo alemán de la amenaza judeo asiática[8].

El hombre es pura cosa, puro ente. Susceptible de ser clasificado en esa medida; lo subhumano entonces debe ser tratado como tal. En este contexto la técnica  se presenta como íntimamente involucrada en la afinada maquinaria destructiva que ha dado inició la “racional depuración humana”.  La técnica claro está ha operado con matemática precisión.

La ultima figura de la metafísica realizada en suma y agotada es la figura de la técnica. Heidegger  toma a la técnica moderna como intervención en la naturaleza en el sentido de imposición (Ges-Tell).  La técnica desarrolla un modo de intervención  que es consecuente con la devastación de la tierra. Dicho desarrollo se basa en esta imposición la que dista de su concepción en la antigüedad donde la técnica se basaba en el descubrimiento. Es así que el mundo puede pensarse como un conjunto de objetos prontos a ser explotados. Objetos que tal como hemos señalado incluyen al hombre en su dimensión de recurso. El mundo queda así representado como una acumulación de objetos. Dicha imagen es aquella por la cual un sujeto le da su soporte, la representa, siendo entonces la subjetividad el soporte del mundo. Lo ente llega entonces a la representación como objeto. Lo ente se ubica así como lo representable bajo una forma imaginaria.  El dominio de lo real se soporta  entonces en una  subjetividad con voluntad tècnica de dominio y voluntad de intervención en lo real. Voluntad técnica  que se enlaza con  del  planeamiento ordenado de la explotación de lo real. De este modo la ciencia ha devenido investigación. Podríamos sostener entonces que la voluntad de intervenir en la naturaleza, en tanto técnica guía a la ciencia en su progresión, en su avance. Es la técnica la que le exige a la ciencia su desarrollo, en el sentido  de que la ciencia está gobernada por la aplicación técnica,  es decir, por la voluntad de aplicación. Hablar de dominio es entonces hablar de calculo y clasificación de las cosas. En la organización de lo real dicho dominio se articula con la consumación de la “voluntad de voluntad”.

Tratase entonces de un mundo convertido en un gran mercado  de compradores  y vendedores, la naturaleza  en un depósito de mercaderías  y los entes degradados a meras existencias (…) todo esto es el resultado del negocio planetario de la técnica”.[9]

El destino del hombre y del ser se halla íntimamente relacionado con su posición ante la técnica. El hombre en tanto animal trabajador soporta su propia negación, la negación de del ser. Es por eso que el trabajo es en esencia dolor. Dolor vinculado a la negación del ser y negación del mundo en consonancia con el hundimiento y devastación que la metafísica conlleva. “Al hombre de la Metafísica le está negada la verdad todavía oculta del ser. El animal trabajador está abandonado al vértigo de sus artefactos, para que de este modo se desgarre a sí mismo y se aniquile en la nulidad de la nada” [10].

El trabajo se torna así rasgo fundamental de la existencia humana. La Técnica impulsa esta característica en pos de la productividad alienante del hombre.

La naturaleza se transforma en recurso. El hombre como animal trabajador deviene recurso humano, cuantificable, asignable, susceptible de ser clasificado por las cualidades que conforman su capacidad de producir. La rentabilidad queda así asociada a este recurso como medida privilegiada.

 

El capitalismo y su fe religiosa en el libre mercado expresa tal vez de modo extremo y supera a su vez esta perspectiva alienante del hombre como animal de trabajo. Alineación que obra en detrimento del ser. Donde el hombre como puro recurso, pura cifra, se halla en el nudo del cálculo. De este modo hallamos que en tal matematizacion de lo humano, el ser  halla en su división un lugar de puro resto, de puro rezago, de puro objeto.

La aniquilación que sostiene Heidegger que culmina en la anulación de la nada tal vez quede expresada en el contexto actual de lo que se nombra como globalización donde esta nulidad se encastra en la propia degradación del ser que oculto en su “despliegue”, en su apariencia (imagen), se halla en plena noche, en plena oscuridad  para su  desciframiento.

A su vez en este contexto actual hallamos la profunda degradación de los lazos entre los sujetos, lazos que se ven retraídos por el modelo de omnipotencia y autosuficiencia individual que el neoliberalismo ha instaurado en forma hegemónica.

Clases sociales. El trabajo y la técnica en la escena contemporánea.

 

A la luz del proceso económico mundial de los tiempos actuales, se han constituido enormes cambios en la organización del trabajo y como efecto constatable se ha incrementado la desocupación. Una de sus consecuencias es la progresiva extinción de las clases populares, es decir, de los trabajadores asalariados en la sociedad capitalista contemporánea, cuyo paradigma es abordado por el historiador A. Gorz.

Gorz sostiene que el aumento de tecnología lleva al proceso de abolición del trabajo, consecuentemente la clase obrera desaparece. Surge un nuevo sujeto social que es la no-clase que ya no se define por su ubicación en la producción. Afirma que quien no tiene trabajo no forma parte de una clase. Al no formar parte de una clase queda sumido en el aislamiento, en la no reciprocidad de las relaciones, basada ésta en la ruptura de sus lazos.

A su vez afirma que el trabajo ya no es una actividad propia del trabajador. Y define al trabajo como una actividad preprogramada, privatizada, automatizada que no deja lugar a la iniciativa personal. No se trata entonces de identificarse con su trabajo y su función en el proceso de producción, desaparece así el sentimiento de pertenencia a una clase. Es así que en este contexto en que el empleo es labil y circunstancial la clase se vive como un hecho contingente por lo cual carece de sentido.

Si la clase misma ha entrado en crisis, en lugar del trabajador colectivo se presentará este nuevo elemento conceptual: la no-clase. Esta no-clase de no-trabajadores es efecto del avance de la técnica generando la abolición del trabajo y la consecuente abolición de las clases. La no-clase, a diferencia de la clase obrera, no es producida por el capitalismo ni está articulada a las relaciones de producción. Es producto de la crisis del capitalismo que implica la disolución de las relaciones sociales de producción y la inclusión de nuevas técnicas de producción.

Afirma el autor que “los trabajadores ya no «producen» la sociedad por medio de las relaciones de producción: es el aparato de producción social en su generalidad el que produce el «trabajo» y le impone bajo una forma contingente a individuos contingentes e intercambiables[11]. En tal sentido afirma que buena parte de la actividad económica tiene como única función “dar trabajo”, producir para hacer trabajar. Es así que el trabajo pasa a ser producido en lugar de que éste sea fuente de producción, aquí queda graficado el no-sentido.

Por su parte Antunes dice que la desvalorización de la sociedad del trabajo implica desvalorizar a su vez la dimensión esencial del trabajo concreto, entendido este como expresión del trabajo que produce cosas útiles y socialmente necesarias, capaz de posibilitar la base material donde las demás formas de actividad humana pueden desarrollarse. Dicha base material surge entonces como fundante y necesaria a los efectos del desarrollo de los lazos sociales.

En el marco contemporáneo de la labilidad y precariedad de las actividades y relaciones laborales se aprecia la existencia efectiva de una enorme cantidad de trabajadores precarizados, parciales, temporales, junto con una cantidad cada vez más creciente de desempleados.

Antunes define a los trabajadores precarios temporales como subproletarios junto con el agrupamiento de desempleados. Pero para este último autor los desposeídos y excluidos presentan una potencialidad en relación a las luchas anticapitalistas. No tienen nada que perder en la sociedad del capital. Justamente para Antunes la no-clase de los no-trabajadores son el polo potencial transformador para cambiar a la sociedad. El cambio, es decir, la superación del capital, implica la articulación de estos subproletarios junto con aquellos segmentos más intelectualizados. Para Gorz la no-clase está también integrada por desempleados por subempleados, precarizados laborales en general. Emerge así lo que el autor denomina neo-proletariado que no puede ser definido por su posición en el seno del proceso de producción. Ellos no se sienten miembros de la clase obrera, en este sentido no pueden reconocerse, no pueden identificarse. Gorz dice que “el neo-proletariado es más bien un no-trabajador provisionalmente empleado en una tarea indiferente (...) es el ejecutante precario y cualquiera de un trabajo precario y cualquiera[12].

 Estos nuevos modos de nombrar los sectores emergentes que no pueden ser encuadrados de forma tradicional representan un claro ejemplo del desasimiento de los lazos sociales en la actualidad. Desasimiento que puede ser pensado en términos de la ruptura de los mecanismos de  identificación entre semejantes.

Una posición posible frente a la técnica

Retomando a Heidegger podemos señalar que este va a sostener una posición posible frente a la técnica.

Decíamos entonces que el hombre vive dentro de la técnica, siendo plenamente dependiente de sus artefactos y su evolución. Mas el problema ciertamente se presenta no solo en la técnica por si misma sino en esa dependencia alienante por la cual se pierde todo rastro del ser. La pérdida de perspectiva como consecuencia de estar inmersos en un mundo técnico no nos permite advertir que la técnica bien podría ubicarse como instrumento al servicio del hombre  y no precisamente el hombre al servicio de esta. Ubicamos allí a “la serenidad”, donde el espíritu del alma templada logra alcanzar su perspectiva  en presencia de las cosas.

 

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[1] Foucault. M. “Nietzsche, Freud, Marx” en Crisis de la Modernidad. Inédito Ficha de Cátedra. P.10

[2] Heidegger, M. Op. Parágrafo I cit P.1

[3] Vale aclarar que a los fines del presente  trabajo ubicamos este concepto únicamente como una forma posible de graficar la declinación que opera en forma irreversible en el mundo metafísico, entendido  a este como sistema ideológico cultural de occidente (Europa).

A modo de breve comentario señalamos que el concepto de entropía surgió  en el campo de la física introducido por Clausius durante el siglo XIX y refiere al Axioma clave del segundo principio de la termodinámica que puede describirse muy esquemáticamente como el desorden inherente a un sistema. Si la entropía se halla en aumento dicho sistema se agotará de modo irreversible. En tal sentido  no hay retorno al estado  anterior.  La entropía en continuo aumento es irreversible.

 

[5] Heidegger, M. . La frase de Nietzsche <Dios ha muerto>. Cito según edición electrónica www.nietzscheana.com.ar/heidegger.htm P.1

 

[6] Heidegger, M . Op. cit P.2

[7] Heidegger, M. Superación de la metafísica. Prágrafo III.Cito según edición electrónica www.nietzscheana.com.ar/heidegger.htm P.2

 

[8] Beevor, A. Stalingrado. Traducción de M. Chocano. Editorial Crítica. Barcelona. 2003. P. 60.

[9] Casalla, M. Crisis de Europa y reconstrucción del Hombre. Editorial Castañeda, Bs. A.  1977. P. 86,87.

[10] Heidegger, M. Op. Cit. P.3

[11] Gorz. A. Adios al proletariado. Más allá del socialismo. Imago Mandi Bs. As. 1980.Pág.78

[12] Gorz. A. Op cit..Pág.78.