PERSPECTIVAS ÉTICAS EN FREUD Y LACAN Alicia Benjamín
Lacan plantea que Freud trae al campo de la ética algo que cambia la perspectiva de la ética, hasta un punto sobre el cual no se ha tomado aún conciencia. Freud llega más lejos que todos sus predecesores en lo relativo al problema moral. Es mi objetivo desplegar en qué consiste dicha novedad, cuál es la lectura que Lacan realiza de la misma, y qué consecuencias podemos extraer para nuestra actualidad.
Felicidad: misión imposible
“El Malestar en la cultura” es la puerta de entrada para dar cuenta de lo novedoso que trae Freud en el campo de la ética y específicamente respecto del llamado “problema del mal”
En qué consiste el “problema del mal”? En una de sus principales vertientes, el problema del mal se ha planteado de la manera siguiente: ¿si Dios existe cómo puede haber mal? Cómo poder explicar la existencia del mal en el mundo? Dicha formulación de la pregunta ha dado lugar a las llamadas “teodiceas” o justificaciones de Dios. En “Ensayo de Teodicea sobre la Bondad de Dios, la Libertad del Hombre y el Origen del Mal”, Leibnitz inventa este término para dar cuenta de la parte de la filosofía que trata de la justificación de Dios ante el tribunal de la razón humana, dada la existencia del mal en el mundo. Con lo cual parece más bien que habría que justificar la existencia de Dios y no la del mal.
Inicialmente, Freud iba a titular al texto “El Malestar en la Cultura”, como “La Infelicidad en la Cultura” (Unglück). Esta diferencia es interesante, porque aun habiendo cambiado el titulo de dicho texto, la pregunta que atraviesa de punta a punta esta obra es ¿por qué no podemos ser felices? Y es de este modo que Freud incursiona en la cuestión del malestar: intenta, no definir al mal, sino la felicidad. Y lo hace, tanto por su cara positiva, que es la de buscar satisfacciones, como también por su cara negativa, que es la de evitar el displacer. Dice Freud: “tanto un aspecto como el otro son simplemente el programa del principio del placer”. El programa al que alude Freud en el campo de la búsqueda de felicidad, es el programa del principio del placer. Es esto lo que otorga una finalidad en la vida más allá de lo que dice la religión, la política, incluso más allá de lo que dicen las filosofías antiguas; es la búsqueda de la felicidad de lo que se trata. Freud no se detiene en ningún modo particular por los cuales se ha definido a la felicidad, sino que encuentra una estructura común a la idea de felicidad, que es regir la vida por el programa del principio de placer.
Desde el principio del texto Freud nos informa que este programa es absolutamente irrealizable. Parte entonces de la imposibilidad. Lo paradójico es que no sólo es imposible realizar el programa del principio del placer, es decir la evitación total del displacer, sino que también es imposible dejar de buscar la felicidad. Con lo cual estamos frente a una división en el campo mismo del principio del placer. El principio de placer es imposible de realizarse, pero también es imposible renunciar a buscar dicha realización.
Freud va planteando “técnicas del arte del vivir” que ponen el acento en uno u otro aspecto, sea en la búsqueda de satisfacción, sea en renunciar al goce en pos de una felicidad prometida en el más allá. Y, entre todas las técnicas que intentan llevar a cabo este programa, la principal es la del amor. Pero el amor es, a la vez, el principal modo de evitar el displacer y la principal fuente de displacer; es el principal modo de querer encontrar la felicidad y a la vez es la principal fuente de infelicidad.
¿Por qué es tan difícil realizar el programa del principio del placer? ¿Cuál es la “doxa” en relación con esta pregunta? Podríamos decir que la cultura le impone al hombre renuncias pulsionales: para acceder a la cultura, hay un pago de goce o un precio de infelicidad. Pero lo más problemático consiste en que la renuncia misma está integrada en lo que J-A. Miller, en El banquete de los analistas, llama un movimiento perpetuo. El precio de la renuncia no es finito, no es limitado. La cultura siempre podría demandar más. Superyo eternamente insatisfecho.
Freud nos dice que el lugar donde más se pagó con la satisfacción pulsional, es en el campo de la vida sexual. El “hombre moderno”, neurótico, ha renunciado en demasía a la satisfacción pulsional. Pero Freud mismo no queda conforme con esta explicación, ya que con ella sólo se consigue idealizar otras culturas donde las cosas serían diferentes y mejores. En este sentido pareciera en todo caso haber algo propio de la evolución humana que aleja al hombre de encontrar satisfacción en el campo de la sexualidad.
Freud se ocupa de la solución que la religión imprime a la cultura, solución que parece ganar terreno, ya que se pretende universal. Freud se detiene en una referencia en particular: en el “Amarás a tu prójimo, como a ti mismo”. En el Seminario VII, Lacan retoma esta referencia y trata de dilucidar qué hay en juego en este mandamiento que tanto horroriza a Freud.
Freud hace una dura crítica de este precepto, planteando que es lo más contrario a la naturaleza humana que puede haber y que hay pruebas de esto. Ya que, a medida que la doctrina del amor universal se ha extendido por el mundo, más intolerancia ha habido. Cuanto más apunta una cultura en el “todos”, más insoportables se hacen las diferencias. Este es el contrapunto que hace Freud entre el imperio romano, como paradigma del amo antiguo, con el cristianismo, que implica ya consecuencias propias al amo moderno.
Lo cierto es que Freud no se preocupa por empezar prolijamente - como empezaría un filósofo- planteando lo ya sabido en relación al campo de la ética. El campo de la ética, en general, intenta buscar criterios que fundamenten si una acción es buena o mala dentro de una reflexión sobre la conducta humana; se intentan dar parámetros que permitan evaluar si una conducta es buena. Pero Freud incursiona en el campo de la ética cuando le hace falta en relación a lo que a él le preocupa, en lo que a él concierne.
Y en esta misma perspectiva, él hace lugar a su horror: el mandamiento del «amar al prójimo como a sí mismo» lo horroriza en su carácter perverso, perverso por sostenerse de la desmentida, de la renegación de un fragmento inevitable de la realidad.
Hay que tener en cuenta que este texto de Freud se desarrolla alrededor de los años ‘30, con lo cual la cuestión histórica del régimen socialista tiene mucho peso; Freud le dirige muchas críticas a esta otra idea de solución universal sobre el problema del mal, que es el socialismo soviético. Así como el cristianismo quiere redimir al hombre en función del amor, está quien lo quiere redimir suprimiendo la propiedad privada. Pero Freud se centra en su eje, el cual es: “la cultura lleva inevitablemente a la renuncia”. Todos los que nos quieran vender otra cosa, han realizado una desmentida de la realidad.
En Freud, la existencia del mal es indiscutible; con lo cual también para él es más necesario justificar la existencia de Dios que la existencia del mal. No se quiere admitir lo difícil que resulta conciliar la indiscutible existencia del mal con la omnipotencia o la bondad infinita de Dios. El Diablo sería el mejor expediente para inculpar a Dios. La ironía freudiana lleva a plantear que el Diablo desempeñaría el mismo papel económico que los judíos en el mundo del ideal Ario. Pero aún así uno le puede pedir a Dios que rinda cuentas de la existencia del Diablo, y de la existencia del mal que el diablo corporiza. Es decir que en este punto seguimos necesitando una Teodicea.
De qué manera la noción freudiana de Superyo nos replantea la cuestión del mal? El Superyo nos replantea la cuestión del mal en tanto que para éste, es lo mismo hacer el mal que desearlo. Este es un punto central en el cual el psicoanálisis apunta a un eje diferente que el de la ética tradicional. Se podría pensar que Kant marca aquí un punto de viraje, en tanto su ética no mide la bondad o maldad de la acción en el campo de la conducta misma, en cuanto a lo que se hace efectivamente, sino a la buena o mala voluntad.
Si hay algo que el psicoanálisis pone en evidencia, es que en la lógica inconsciente, desear algo y hacerlo es idéntico. Y las formaciones del inconsciente lo demuestran. Porque ante el Superyo, no se puede ocultar nada, como sí se puede hacer ante otro exterior. Con lo cual, la posibilidad de la mentira es necesaria para la existencia misma del sujeto ético –en tanto dicho sujeto no sostiene su acción en la coacción exterior sino en el mandato “interior”-. Pero esto nos abriría a otras cuestiones que exceden los alcances del presente trabajo.
Entonces, ¿desde dónde discernir lo que es malo o bueno?. ¿Hay en algún lugar capacidad de discernimiento de lo malo o lo bueno? Puesto que, por el lado del Superyo, es lo mismo desear que hacer. No nacemos con una capacidad de discernimiento entre el bien y el mal. Hay un sólo motivo, que es fuente de todos los motivos morales: se trata de la angustia frente a la posibilidad de pérdida de amor. Freud define el mal de un modo que excede los planteamientos morales: lo malo es todo aquello por lo cual uno es amenazado por la pérdida de amor. Esa es la definición del mal que sostiene Freud. Es a partir de este “mal” asociado al desvalimiento del desamparo, que después será posible el discernimiento del bien y del mal. Es esto lo que está en el origen y en la fuente de toda cuestión moral. En este sentido Freud pone el amor en un plano central, no sólo como una solución al sufrimiento, sino en la definición misma de un sujeto ético. Pero en realidad estamos en un momento anterior a la existencia de un sujeto ético. Esto llevará a que Lacan, en el Seminario VII se pregunte ¿por qué el psicoanálisis, que llegó tan lejos en pensar al amor, no dio una nueva erótica? Pregunta que, de algún modo, puede comenzar a responder en su Seminario siguiente.
Freud, honesto hasta lo insoportable, afirma: el programa del principio del placer es irrealizable; no hay padre que nos salve. Sin embargo, todas las soluciones de Occidente tienden a restaurar la ilusión de un padre que nos salve.
La solución que se impone a nivel universal es la religión y esto remite, sin dudas, específicamente al Cristianismo, quien sitúa el sufrimiento en relación a la culpa, al mal moral. Se nombra como pecado al sentimiento con el cual se identifica el mal, y la solución es sacrificial. Lacan se pregunta si el psicoanálisis nos va a dejar detenidos en la misma dialéctica del sacrificio o no. Lacan dice en el Seminario VII, que la solución frente a esto ha sido que se sacrifique a alguien que cargue con la culpa de todos, y es así como él explica la función de la muerte de Dios en el cristianismo. Esto es muy interesante ya que Freud dice haber inferido el mito del parricidio de “Tótem y Tabú” tomando como fuente el Cristianismo. Esto implica que Freud no pone el acento en la muerte del Hijo sino en la muerte de Dios. Freud pone el acento en Dios y hace equivaler Dios a Padre. Si bien Freud venía criticando la solución de la religión, al llegar a este punto ubica su mito de Tótem y Tabú en la serie de la religión. Por eso Lacan dice que la idea de que Dios haya muerto –Nietzsche- no soluciona nada, porque no se trata de una nueva solución; ya que el cristianismo había dramatizado eso mejor que nadie.
Etica freudiana y Superyo
Habiendo así incursionado en los grandes problemas éticos, Freud nos va a dar su definición de ética. Para Freud la ética es un ensayo terapéutico. En este sentido, la idea de Lacan acerca del psicoanálisis como una ética no está lejos de la definición que da Freud. Lacan empieza definiendo al psicoanálisis como una ética y Freud dice que la ética es un ensayo terapéutico. ¿Qué es lo que intenta hacer este ensayo terapéutico que es la ética? Resolver lo que la cultura no resolvió. Lo que va a hacer la ética es usar al Superyo, para resolver el malestar que la religión no resuelve. En este punto podemos avanzar un poco más diciendo que el Superyo tampoco resuelve esto: ni siquiera cuando renuncio a la pulsión me libro del malestar. Porque el Superyo aparece satisfaciéndose en la renuncia. Con lo cual el malestar aparece en segundo grado. No es el malestar porque no puedo cumplir mis pulsiones debido a que la cultura me lo impide. Este sería un primer grado del malestar. Digamos que no es el punto que le genera más preguntas a Freud. Él expresa que las renuncias pueden llevar a la insatisfacción del campo pulsional, pero a satisfacciones en el campo de la cultura. En este sentido pareciera haber cierta solución terapéutica al malestar.
Pero el problema se produce en que hay algo del malestar que no sólo no se atempera con la renuncia, sino que crece. Este es el gran problema que Freud se plantea como paradoja del Superyo. Todas las éticas intentan salir de este impasse y no lo logran. Podemos decir que Freud queda en el umbral de plantear una nueva ética. Lacan dirá que, allí donde la ética llega y encuentra su impasse, aparecen las eróticas, con mayor o menor éxito. Freud indica que lo que sí es seguro, es que el programa que sustenta el objetivo de felicidad es el principio del placer. Pero que no estamos programados para realizar dicho programa, por lo menos en el mundo moderno. Frente a esto no hay consuelo, sino terror. Porque en realidad el dominio de la naturaleza lleva al sujeto a ponerlo mucho más en riesgo, produciendo de este modo un crecimiento en el malestar actual.
Una lectura del Seminario La ética del psicoanálisis
Hay múltiples referencias históricas en el Seminario VII para dar cuenta de la problemática de la ética. De hecho, lo primero que hace Lacan es historiar ¿por qué no estamos programados para el principio del placer? Partamos de la ética aristotélica como paradigma de la ética antigua. Más allá de si el hombre en ese momento podía ser feliz o no, el ordenamiento del hombre respecto de la felicidad era pensable, porque el microcosmos y el macrocosmos no estaban en una discontinuidad. Pero lo que ocurrió entre Aristóteles y Freud es el discurso de la ciencia. Y lo que hace Freud es demostrar ese desgarro que hay entre el mundo antiguo y el mundo moderno. Ahí donde Freud hablaba del programa del principio del placer, diciendo que era irrealizable, lo que va a decir Lacan es que aquí se sitúa el objeto imposible de encontrar, el objeto perdido. Pero en ese lugar lo que encontramos es la solución o la existencia del discurso de la ciencia. Se intenta suturar ese punto de imposibilidad, es decir reducirlo o neutralizarlo desde el discurso de la ciencia.
Mucho de lo que Lacan planteó en relación al discurso de la ciencia, se sostiene desde la perspectiva de su maestro Alexander Koyré. En sus “Estudios de historia del pensamiento científico”, Koyré ubica lo imposible como origen del discurso de la ciencia. Dice Koyré: “El principio de inercia, es imposible en el mundo real; pero es la base de sustentación del encuentro con las leyes matemáticas de la naturaleza. El principio de inercia sitúa lo real por lo imposible”. O sea el principio de inercia nos permite explicar muchas cosas de la realidad, partiendo de algo que es desde ese movimiento uniforme en forma rectilínea o la falta absoluta de movimiento. Que es lo que Galileo llamaba el “experimento mental”, es decir, un experimento que sólo puede existir como construcción. Por eso cuando se piensa desde las ciencias sociales, el experimento en la realidad, se está escamoteando algo esencial, porque no es ahí donde nace el discurso científico, sino que nace a partir de postular un imposible.
Desde esta perspectiva, la ciencia no era posible en el mundo aristotélico, donde para cada cosa había un lugar. Las cosas tenían un lugar asignado, en el que podían estar ubicadas o no. Pero ese lugar estaba predeterminado. Con lo cual desde este pensamiento, sólo las cosas en su lugar pueden alcanzar su realización. Por eso a Aristóteles le repugnaba la idea de que hubiera espacio vacío.
El espacio vacío sigue los mismos problemas que los del mal. Siempre fue complicado situar la existencia del vacío en sentido positivo. En este punto se puede dividir la historia de la filosofía entre los que aceptaron la existencia del vacío y los que la negaron de diferentes maneras. Una solución histórica es identificar el mal al vacío en tanto inexistencia, privación. Desde esta perspectiva, no se puede responsabilizar a Dios del mal si el mal no es. Lo que no es, no es un ente, por tal no tiene ser.
Lacan dice que, en el mismo lugar donde está lo imposible de encontrar, el objeto imposible del principio del placer, se ubica el discurso de la ciencia, en particular el de la física. Por lo tanto lo que se puede señalar es que hay psicoanálisis porque hay discurso de la ciencia, pero son irreductibles el uno al otro. Con lo cual el discurso de la ciencia se sitúa en el lugar de un imposible y nace a partir de un imposible, pero a la vez intenta neutralizar a lo imposible. Se podría pensar quizás que lo reniega; en realidad, es difícil situar qué mecanismo hay en juego pero lo cierto es que hay una operación en relación al vacío, a lo imposible y a lo real que puede tomar distintos nombres. Esto es interesante para pensar cuál es la operación que se produce, en la actualidad, respecto del vacío.
Entonces, lo que el discurso de la ciencia expulsó, repudió, es ese imposible que se funda en un experimento imposible. Ese imposible retorna en el campo de la ética. Porque la ética intenta un imposible que es la felicidad. Por lo tanto lo imposible repudiado en un lugar retorna en otro. ¿Cómo retorna? Para responder a esta pregunta, es necesario antes precisar lo siguiente: el problema del campo de la Ética no se agota en que haya deseos y prohibición a los deseos. Porque, aunque renunciemos, la infelicidad subsiste y crece. Por eso la problemática de la ética no halla solución sólo en el campo de lo deseable, la transgresión, la ley, la renuncia o no renuncia a los deseos. No queda suspendida solamente de la relación deseo-ley.
El mito freudiano de Tótem y Tabú tiene, aún, una filiación en la pasión de la muerte de Dios y hace que quede del lado de la religión. Y Lacan no deja de advertirlo. Para Lacan, lo que hace la religión es salvar al Padre. Cualquier cosa que salve la idea de una Providencia es religión. Aunque tome otro nombre y esté camuflado es religión, porque salva al padre. Lo que encontramos entonces, es que Freud también intenta salvar al padre en la forma de un mito. Podemos decir que Freud intenta salvar al padre. Pero ese padre no le da consuelo. En este punto es donde abre a una nueva ética.
Lacan hace un singular análisis de los diez mandamientos. Lo que le importa situar es la función global de los diez mandamientos, no el campo de cada uno de los enunciados. Se puede decir que los diez mandamientos, en su globalidad, quieren mantener como imposible lo imposible. Es ese imposible lo que se intenta preservar allí. El nombre que toma lo imposible en Lacan en este momento, se relaciona con que la distancia del Das Ding debe mantenerse y que esta distancia es irreductible; por lo tanto hay un imposible relativo a dicho objeto. Lo que Lacan nos muestra es que es precisamente ese imposible el que Freud sitúa en el origen mismo de la moral.
Entonces, es imposible ser feliz, porque el programa del principio del placer es irrealizable y a la vez no nos podemos librar de pretenderlo, lo cual se genera más infelicidad. Ese imposible es causa de la ruptura con la ética antigua. Ese imposible se ha intentado suturar por el discurso de la ciencia. Pero sigue subsistiendo como cuestión en el campo de la ética; y es en función de esta cuestión que Lacan aborda los diez mandamientos. Más allá de lo que digan los enunciados, todos ellos están al servicio de que lo imposible siga siendo tal.
Esto es muy importante para pensar la cuestión del amo moderno: a pesar de que siempre hubo infelicidad y que las cosas nunca funcionaron demasiado bien para el ser humano, es muy diferente si el lugar del imposible está preservado a que si no lo está.
Edipo y más allá
El Complejo de Edipo no es la última palabra para pensar el sujeto en psicoanálisis. Pero a la vez el mito edípico permite representarnos lo imposible. Podemos preguntarnos qué ocurrirá en la medida que vaya perdiendo fuerza el mito edípico, y si hay otros modos eficaces de representarnos lo imposible. Lacan va a decir sobre este mito, que él articula la prohibición, la interdicción, pero a la vez la camufla. Porque nos hace creer que hay alguien que no nos deja gozar. Esta sería la ficción del Edipo. Nos hace creer que la madre está prohibida porque hay padre. Hay que tratar de despejar un poco de qué manera Lacan piensa al padre en este Seminario. Porque en realidad Lacan nos da una clave y es que hay que ver de qué se habla cuando se habla de padre.
Una cosa es pensar al padre como a quien echarle la culpa de que lo imposible sea imposible: el que no me deja acceder a mi mamá, es un modo imaginario de pensar al padre privador. Este es un padre, pero es muy importante situarlo: “Es este padre, el padre privador y no el padre real, el fundamento de la imagen providencial de Dios”. O sea que cuando pensamos en salvar al padre, pensamos en salvar la idea providencial o tener a quién reprocharle lo imposible. La función paterna que se juega ahí es la del padre privador, imaginario.
Quedan por ver los destinos del padre real. Respecto de la imagen providencial de Dios, Freud se pelea mucho con ella, pero se queda a mitad de camino de la pelea. Dicha idea está encarnada en el marco del complejo de Edipo por esta noción del padre privador, y es esto lo que ha declinado. Lo que acá plantea Lacan es que Freud no dejaba de ver este punto de declinación. Dice Lacan “por eso necesitó darle (a este padre) una talla de gigante”. Se vale del último gran mito occidental, para ubicar nuevamente esta figura. Y en el mito de “Tótem y Tabú”, el padre muerto queda ubicado en el origen de la cultura. A partir de su asesinato, se esperaba una distribución de los bienes y las mujeres. Pero sin embargo el resultado es más interdicción debido a la culpa por el parricidio, con lo cual no sirvió para esa mejor distribución de los bienes. Este es el padre que uno quiere matar, este es el padre al que uno le desea la muerte.
Pero este padre al que se odia y se quiere matar, no es la cuestión esencial. Esto es lo nuevo que tiene para decir Freud y lo que no termina de decir. Hay que tener presente que el mito edípico no lo inventó Freud. Este padre asesinado no es la cuestión esencial, ni lo que trae el psicoanálisis de nuevo. No es nuevo pensar la ley en relación con el deseo. Lo nuevo tiene que ver con lo que hay del Otro que no se reduce a la figura del padre muerto: esto es lo que Lacan escribe como “significante de Otro barrado”; esta es la manera que tiene para decir que, en definitiva, el Otro no es la Providencia divina.
Este es el punto en el cual Freud se queda a mitad de camino, entre ateo o creyente. Ideológicamente, Freud declaró que era ateo. Pero lo que no termina de resolver en su pregunta sobre ¿qué es un padre?, es justamente el punto donde podríamos decir que Freud es cristiano. En el punto donde hace depender su mito de la muerte de Dios, que está dramatizada en el cristianismo, es allí donde nos encontramos con un Freud creyente. El aporte de Lacan es tratar de pensar en términos positivos una ética del psicoanálisis que no quede del lado de la religión; intenta una solución que no quede del lado de ese imposible consuelo.
Superyo en la actualidad
El circuito perpetuo, inherente al Superyo y sus mandatos insensatos, está potenciado actualmente por la modalidad del capitalismo: prescripción de goce en vez de interdicción del mismo. Es exactamente éste el que podríamos llamar “programa del Superyo”. Con lo cual, el Superyo no es una antigüedad freudiana que ahora está superada, sino que su eficacia se potenció a partir de cierta figura del amo moderno en la que no me detendré.
El programa freudiano llega a enunciar la situación; y hay un intento lacaniano de poner en más lo que en Freud está en menos. Hay un intento de afirmar un programa diferente del que establece el principio del placer como propio a una ética psicoanalítica. Ya que, aún aquellas teorías que incluyen el mal como positivo, con una existencia positiva, terminan cayendo en el circuito perpetuo del Superyo. Algo hace que estas éticas, - que incluyen el malestar, el más allá del principio del placer, la crueldad, la voluntad de poder, distintos nombres que puede tener no amar al prójimo-, que todas estas propuestas o programas que quieren incluirlo positivamente, caigan también en el circuito perpetuo del Superyo. Porque la solución libertina no fue tal, ya que por ejemplo, cuando Sade está en el colmo de la transgresión, blasfema a Dios, haciéndolo existir nuevamente.
Así pues, la alternativa a este irreductible “malestar en la cultura” no se encuentra en una imposible homeostasis (el programa del principio del placer), ni en la renuncia a los deseos en nombre de la ley; ni tampoco en la falsa solución libertina que deja igualmente atrapado en el circuito superyoico.
Fracaso fecundo que llevará a Lacan por la vía, no del bien-estar sino del bien decir. Así, este trabajo termina donde una nueva ética se insinúa.